Dido en la tierra

Aún tengo que averiguar, pero no lo pondré aquí por no gastar tiempo, quién era Purcell, qué magia lo tocaba. En un tiempo de danzas artificiosas y músicas de aquítepilloaquítecorono le da por hacer media opera para una función navideña de un colegio de niñas pijas, y le sale esto. El espíritu pidiendo la tierra.

Tengo por ahí una historia de la música de segunda división, amarillea y fue barata, como casi todos mis libros. El autor es machacón y topiquero, pero no olvido de ella que el viejo musicólogo no deja de poner como ejemplo de todo lo bueno un par de obras o tres, una de ellas  es esta aria que se muere de simplicidad y vive de la eternidad que la aguarda a pesar de lo que dice.

Es sobre Dido, reina de Cartago, abandonada del héroe Eneas, que se las pira en pos de la gloria. Cuenta Virgilio que ella acepta su destino y se clava una espada y se deja morir, entre tanto a Eneas le meten prisas

Eneas, decidido a partir, en lo alto de su popagozaba sus sueños tras disponerlo todo según el rito.

En sueños se le presentó la imagen del dios que volvía

con el mismo rostro y así de nuevo le pareció decir,

en todo semejante a Mercurio, en la voz y el color,

así como los rubios cabellos y el cuerpo de juventud adornado:

«Hijo de la diosa, ¿puedes dormir en una hora como ésta,

por más que ves el peligro acechar a tu alrededor,

inconsciente, y no oyes cómo los Céfiros su favor te brindan?

Mira que esa mujer trama en su pecho engaños y un horrendo crimen,

dispuesta a morir, y suscita diversas tempestades de ira.

¿No te marchas al punto de aquí, ahora que puedes escapar?

Has de ver el mar enturbiarse de maderos, y crueles antorchas

encenderse, el litoral hervir en llamas,

si la Aurora te sorprende entretenido aún por estas tierras.

Ea, ánimo. Date prisa, que cosa varia es siempre y mudable

la mujer.» Tras así decir se confundió con la negra noche.

Ya nos da igual que un heroíno ficticio dejara a aquella reina para partir. También nos da igual que Purcell muriera joven y nos dejara muchos destellos de grandiosidad intemporal que seguro que vuelven a asomar por aquí. Todo eso es anecdótico y nos quedamos  nosotros, más temporales y mortales que todo eso, a pesar de que somos carne pasajera, brillos de reflejos de nombres intercambiables y repetidos.

Lamentos en la tierra, problemas en el pecho, dolores ya resueltos porque el tiempo no nos espera, ni el olvido.

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