Aventuras, historias, náuseas, besos, grabados,negras.

La visita a mi miga Puri va a resultar provechosa en lo que a estas páginillas respecta. Además de acercarme a Froberger me ha traído La Náusea, de Sartre. En su exposición tiene una serie de grabados que hizo en tiempos sobre esta novela y ya veré con cuál me quedo. Contándome de ellos le indiqué que yo he empezado tres o cuatro veces el libro, pero que nunca pude rematarlo porque me amargaba demasiado. A veces pasa eso, que sentimos que un libro nos gusta o nos mira y decidimos dejarlo porque es mejor escapar de sus garras a tiempo. Yo al menos soy de esos, dejo muchos más libros de los que termino y las excusas son variadas, la que comento una de las fuertes aunque no de las más habituales.

Sin embargo esta vez me dije que, antes de volver a su exposición con unos amigos este fin de semana o el que viene, iba a hacer por leerlo. Primero como una especie de pago que siento que el arte de Puri merece, segundo porque necesito una especie de prueba, tengo que saltar esta valla, leerme por fin un libro largo que me implique por permera vez en muchos meses. Esta tarde me la he reservado para ello. Llevo algunas horas con ese medio hombre despegado de las gentes, atontado por las calles, mareado en los cafés, y no sin ciertas arcadas emocionales he dado con un trozo que tengo que dejar aquí.

No he tenido aventuras. Me sucedieron historias, acontecimientos, incidentes, todo lo que se quiera. Pero no aventuras. No es cuestión de palabras; comienzo a comprender. Hay algo que, sin darme cuenta, me interesaba más que nada. No era el amor, Dios mío, no, ni la gloria, ni la riqueza… Era… En fin, me imaginé que en ciertos momentos mi vida podía adquirir una cualidad rara y preciosa. No se necesitaban circunstancias extraordinarias; yo pedía exactamente un poco de rigor. Mi vida actual nada tiene de muy brillante; pero de vez en cuando, por ejemplo al escuchar música en los cafés, yo miraba hacia atrás y me decía; en otros tiempos, en Londres, en Meknes, en Tokio conocí momentos admirables, tuve aventuras. Esto es lo que me quitan. Acabo de saber de pronto, sin razón aparente, que me he mentido durante diez años. Las aventuras están en los libros. Y naturalmente, todo lo que se cuenta en los libros puede suceder de veras, pero no de la misma manera. Era esa manera de suceder lo que me interesaba tanto.

Ante todo, los comienzos deberían haber sido verdaderos comienzos. ¡Ay! Ahora veo tan bien lo que quise. Verdaderos comienzos, que aparecieran como sones de trompeta, como las primeras notas de una música de jazz, bruscamente, cortando de golpe el hastío, consolidando la duración; esas noches excepcionales en que uno dice: “Pasearía si fuera una noche de mayo”. Salimos, acaba de aparecer la luna, estamos ociosos, vacantes, un poco vacíos. Y de golpe, pensamos: “Algo ha sucedido”. Cualquier cosa: un ligero crujido en la sombra, una silueta ligera que cruza la calle. Pero ese acontecimiento fútil no se asemeja a los otros; en seguida vemos que precede una gran forma cuyo dibujo se pierde en la bruma, y entonces nos decimos: “Algo comienza”.

Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte. Hacia esta muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferró a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable, y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación. El último minuto que paso —en Berlín, en Londres —en brazos de una mujer conocida la antevíspera —minuto que amo apasionadamente, mujer que estoy a punto de amar—, terminará, lo sé. En seguida partiré a otro país. Nunca recuperaré esta mujer, ni esta noche. Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mí, nada, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, ni la falsa claridad del alba; y sin embargo, el minuto transcurre y no lo retengo; me gusta que pase.

Y entonces de pronto algo se rompe. La aventura ha terminado, el tiempo recobra su blandura cotidiana. Me vuelvo; detrás de mí, la hermosa forma melódica se hunde entera en el pasado. Disminuye; al declinar se contrae, ahora el fin y el comienzo son una sola cosa. Al seguir con los ojos ese punto de oro, pienso que —aunque hubiese estado a punto de morir, de perder una fortuna, un amigo— aceptaría revivirlo todo, en las mismas circunstancias, de cabo a rabo. Pero una aventura no se empieza de nuevo, ni se prolonga.

Sí, eso es lo que yo quería, ay, eso es lo que todavía quiero. Siento tanta dicha cuando una negra canta; qué cimas alcanzaría si mi propia vida constituyera la materia de la melodía.

La Idea, la innominable, sigue ahí. Aguarda apaciblemente. Ahora parece decir:

“¿Sí? ¿Eso es lo que querías? Bueno, es eso, precisamente, lo que nunca has tenido (recuerda: te engañabas con palabras; llamabas aventuras al oropel de viajes, amores de prostitutas, riñas, baratijas), y lo que nunca tendrás, ni tú ni nadie”.

¿Pero por qué? ¿POR QUÉ?

SÁBADO, MEDIODÍA

El Autodidacto no me ha visto entrar en la sala de lectura. Estaba sentado a la punta de la mesa del fondo; tenía un libro delante, pero no leía. Miraba sonriendo a su vecino de la derecha, un colegial grasiento que frecuenta la biblioteca. El otro se dejó contemplar un momento, y bruscamente le sacó la lengua haciendo una mueca horrible. El Autodidacto enrojeció, metió precipitadamente la nariz en el libro y se absorbió en la lectura.

He vuelto a mis reflexiones de ayer. Estaba agostado; me daba lo mismo que no hubiera aventuras. Mi única curiosidad era saber si no podía haberlas.

He pensado lo siguiente: para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede; y trata de vivir su vida como si la contara.

Pero hay que escoger: o vivir o contar. Por ejemplo, cuando estuve en Hamburgo con aquella Erna de quien yo desconfiaba y que me temía, llevé una vida extraña. Pero estaba metido, y no lo pensaba. Y una noche, en un pequeño café de San Pauli, Erna me dejó para ir al lavabo. Me quedé solo; un fonógrafo tocaba Blue Sky. Empecé a contarme lo que había pasado desde mi desembarco. Me dije: “La tercera noche, al entrar en un dancing llamado la Gruta Azul, vi a una mujer alta, medio borracha. Y a esa mujer estoy esperando, y vendrá a sentarse a mi derecha, y rodeará mi cuello con sus brazos”. Entonces sentí con violencia que tenía una aventura. Pero Erna volvió, se sentó a mi lado, rodeó mi cuello con sus brazos y la detesté sin saber bien por qué. Ahora comprendo: había que empezar a vivir de nuevo, y la impresión de aventura acababa de desvanecerse.

Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, ¿o es todo? Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. De vez en cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y además, todo se parece: Shangai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. Por momentos —rara vez— se hace el balance, uno advierte que está pegado a una mujer, que se ha metido en una historia sucia. Dura lo que un relámpago. Después de esto, empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo, junio. 1924, 1925, 1926.

Esto es vivir. Pero al contar la vida, todo cambia; sólo que es un cambio que nadie nota; la prueba es que se habla de historias verdaderas. Como si pudiera haber historias verdaderas; los acontecimientos se producen en un sentido, y nosotros los contamos en sentido inverso. En apariencia se empieza por el comienzo: “Era una hermosa noche de otoño de 1922. Yo trabajaba con un notario en Marommes”. Y en realidad se ha empezado por el fin. El fin está allí, invisible y presente; es el que da a esas pocas palabras la pompa y el valor de un comienzo. “Estaba paseando; había salido del pueblo sin darme cuenta; pensaba en mis dificultades económicas”. Esta frase, tomada simplemente por lo que es, quiere decir que el tipo estaba absorbido, taciturno, a mil leguas de una aventura, precisamente con esa clase de humor en que uno deja pasar los acontecimientos sin verlos. Pero ahí está el fin que lo transforma todo. Para nosotros el tipo es ya el héroe de la historia. Su taciturnidad, sus dificultades económicas son más preciosas que las nuestras: están doradas por la luz de las pasiones futuras. Y el relato prosigue al revés: los instantes han cesado de apilarse a la buena de Dios unos sobre otros, el fin de la historia los atrae, los atrapa, y a su vez cada uno de ellos atrae al instante que lo precede. “Era de noche, la calle estaba desierta”. La frase cae negligentemente, parece superfina; pero no nos dejamos engañar y la ponemos a un lado; es un dato cuyo valor comprenderemos después. Y sentimos que el héroe ha vivido todos los detalles de esa noche como anunciaciones, como promesas, y que sólo vivía las promesas, ciego y sordo a todo lo que no anunciara la aventura. Olvidamos que el porvenir todavía no estaba allí; el individuo paseaba en una noche sin presagios, que le ofrecía en desorden sus riquezas monótonas; él no escogía. He querido que los momentos de mi vida se sucedieran y ordenaran como los de una vida recordada. Tanto valdría querer agarrar al tiempo por la cola.

No tengo nada que añadir, excepto que estoy ahí menos por lo de las prostitutas, que me puede la decencia. Son pensamientos que en introspectivo he tenido muchas veces, así o medio así, y que, como al que habla, en la novela ni me han retorcido de dolor ni me han rellenado los huecos del alma, pero son esas y otas muchas ideas por el estilo las que me han hecho el que soy, son los retazos de mi mantel y sobre ellos como, vagueo y trabajo.

Siempre leo en la cama. Me he quedado frito un par de páginas después y he dado una cabezada de 20 minutos, otro fenómeno nuevo en mi vida, y he soñado con algo de muerte y fealdad, pero ya no lo recuerdo y lo agradezco. Me he venido al salón y he puesto maquinalmente un cd, el que estaba en el equipo de música, y ha empezado a sonar algo de Nina Simone. En la acera de enfrente de mi ventana -vivo en un bajo casi a ras desuelo- una pareja ha escuchado la música tierna y romántica que les habrá sonado a anuncios de colonia y han empezado a besarse con ternura. Yo me he apartado con disimulo y decoro y me he sentado a escribir. He caído en que mientras iba a pegar estos párrafos de Sartre he creado una pequeña aventura para la pareja, han vivido el comienzo de algo inesperado, una canción que invita a besos, han tenido un momento de partida donde yo no tengo más que un cd por poner en marcha. Yo busco y ellos han encontrado.

Me he sentido bien y la náusea se me ha pasado. Me pregunto ahora si la ficción es lo que cuenta Sartre, esos comienzos que buscamos, esas historias que no son tales, esos brazos de alemana que cuando se encarnan ya no sirven, o si la ficción es el mismo Sartre o yo cuando voy por ahí pensando a solas, porque escucho reírse a la pareja, su tarde es mejor que era. Quizá no se prolongue más allá de lo que  cante la “negra” ,pero en todo caso permanecerá más que estas náuseas, que duran sólo el espacio que yo ocupo, tan poco.

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