Sirenas

No hay otra voz como la de Tim Buckley. El sonido de este vídeo es atroz, pero no he encontrado otro con la versión original de “Starsailor”, un disco extraño, pagano, desasosegante y premonitorio. Su voz, digo, tiene de terrenal las infinitas capas minerales, y esta canción en concreto tiene  de simple –no hay nada más fácil de acompañar con la guitarra y más difícil de cantar con dignidad-  tanto como de inabarcable, porque pertenece a todo lo ausente que se nos ocurra. Esta canción a la sirena es algo irremplazable, contradictorio, huele a muerto, sabe a la sal que arrasó Cartago pero suena al bramido de las olas de esa tarde en esa playa que nunca abandonamos porque contiene un placer, un rato, que el tiempo lo ha matado pero la piel sigue allí enarenada.

Traigo esta canción porque suena a uno de mis relatos favoritos, de Lampedusa, quien también me arrastrara fuera de mí mismo con su Gatopardo. Se trata de El profesor y la sirena

No encuentro ninguna versión electrónica que pueda regalar aquí. Es una pena y hay que comprar el libro o ser amigo mío presencial y pedírmelo con cariño. Es un relato descompensado, quizá poco revisado. Buena parte de él, al principio, no interesa,  no conmueve, pero luego cambian el punto de vista narrativo y el escenario y lo primero es como una preparación de lo que se va a vivir, algo así como el preludio autojustificativo de La Muerte en Venecia de Mann, con la que ahora que lo pienso esta historia guarda una relación contradictoria y necesaria.

El cuento de Lampedusa no es más que la historia de un joven que conoce a una sirena, como Tim Buckley, y no sabe resistirla. Al contrario que Odiseo, el listo de las narices, se entrega a ella y, como se verá, la entrega total y temporal se paga, la paga el profesor, con vivir sus años en una lengua muerta y  en un mundo sin alicientes. El final no lo cuento por decoro pero merece la pena.

No sé exactamente por qué he traído hoy estas dos historias de sirenas. Me aburría solemnemente en una reunión de trabajo, me he empeñado en escapar de un powerpoint y he acabado en el agua, hundido no, con estas dos monstruosidades que me vienen y van por la memoria hace mucho y no hay monstruo que no merezca nuestra atención, que de ella se alimentan. Sirenas.

Tú eres hermoso y joven. Deberías venirte conmigo al mar y te librarías de todos los dolores y de la vejez; vendrias a mi mansión, bajo los altísimos montes de aguas inmóviles y oscuras, donde todo es silenciosa quietud, tan connatural que aquel que la posee ni siquiera la advierte. Yo te he amado, y recuérdalo: cuando estés cansado, cuando ya no puedas más, no tienes más que asomarte al mar y llamarme: yo estaré allí siempre, porque estoy en todas partes y tu sed de sueño quedará saciada

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