Dentro, fuera

Hoy hace un día primaveral, hermoso, perfecto. En estos días uno siente que delinque si se queda en casa y no sale por ahí a que le trinen los pajaritos. A veces pasa eso, que te sientes deudor del exterior y no te puedes quedar en casa a rumiar rutinas de domingo. He cogido pues la bici para salir al encuentro de lo de fuera y lo de dentro, que es para lo que me sirve la bici, y en el pedaleo, entre tantas cosas que no caben aquí, se me ha ocurrido unir a dos poetas en una entrada (¿Por qué no salida?)

El nexo que tienen, o que no tienen, pero se me ha pasado por la cabeza, es que la vida de los dos se caracteriza por el desprecio absoluto de un tipo de espacio. En el caso de  Rilke su enfermedad es la no-permanencia, el viajar constante. Nació en Praga pero de eso nadie se acuerda, y decir que era alemán o francés -por las dos lenguas que parieron sus poemas- es como decir que la mar es de sus barcos. Acuciado por alguna inoperancia vital, económica, sentimental o simplemente por curiosear o acompañar, el  caso es que no para de moverse. Leer su tabula vitae que aparece en la antología de Austral es escalofriante. Vive de palacio en castillo, de hotel en apartamento, en cientos (no es un decir) de estancias como invitado o turista por toda Europa central, Rusia (dos largos viajes), España, donde se enamora de Ronda, Italia… Apenas llega a ser habitante de París durante un tiempo y casi le cuesta la salud psíquica, aunque tuvo el detalle de desquitarse de esa estancia incómoda en los Los apuntes de Malte Laurids Brigge, dejándonos entre otras cosas las reflexiones más profundas de un alma posible andando calles inhóspitas.

Y al hilo de sus andanzas he recordado el caso opuesto, el de Emiliy Dickinson, con la que ando últimamente pasando castas horas previas al sueño. Hasta hace unas semanas de ella me sonaba sólo el nombre y ahora le recorro los pensamientos, le dejo mis dineros comprando antologías. Me entretengo comparando traducciones, doblando páginas escogidas, esas cosas. Pero por lo que se me ha venido hoy a la cabeza es porque su forma de despreciar el espacio es otra a la de Rilke, exactamente la contraria. Emily se pasó toda su vida en su pueblo, no salió de allí, incluso los últimos años de su vida los pasó recluida en su cuarto, su “encierro blanco”, decía ella, pues iba siempre vestida de ese color y al final de sus días apenas recibía a su hermana y no salía ni para comer. Hay quien dice que el encierro de Emily es producto de desengaños amorosos y angustias existenciales sublimadas malamente. Otros dicen que tampoco se podía esperar una actitud muy distinta de un espíritu increíblemente brillante que, perdida en el caserón señorial de una familia puritana de Nueva Inglaterra y que, insatisfecha con su vida de solterona y de ritos absurdos, no tiene nada mejor que hacer que pensar  en su jardín y sus palabras. Además apenas intentó que sus poemas –incomprensibles entonces, inefables hoy- se vieran publicados. A su muerte aparecieron encuadernados y sin mayor organización y fue su hermana la que se encargó de traerlos.

Bueno, pues con estos dos insatisfechos del espacio iba yo pedaleando cuando me he preguntado si tendría algún sentido rebuscar en sus poemas alguna señal o alguna nota escondida que les retratase como lo que yo me empeño en pensar; que ellos, como yo y como casi todo el mundo, dependen del aire que les circunda, que esa especie de compromiso con la atmósfera del que hablaba yo al principio les afectaba como a mí, que claudico y salgo de casa o me refugio en el brasero a expensas, tantas veces, de lo que no soy yo en el fondo. La respuesta es, obviamente, que sí, que en sus poemas están los lugares visitados, las plantas del jardín de siempre, los rincones del cuarto de ella, las luces de cada latitud en él. Sin embargo cuando me he puesto a rebuscar algún poema para copiarlo aquí me he dado cuenta de que realmente lo que  tienen por debajo, la fuerza que les envidio, la de decir lo que aún no estaba desvelado, la de ser por encima de sí mismos, es en el fondo lo mismo en ambos.

He escogido varios poemas de uno y otra para ponerlos en paralelo. No son comparables entre sí más que por  su tema: animales, cambio y muerte. Sus formas son muy distintas; Rilke, aunque variable en el estilo, parece que destila la existencia agonizando en la selección de los conceptos, Dickinson sin embargo da la sensación de encontrar siempre la paz en mitad de una tormenta de pensamientos de la que sólo se puede hacer cargo narrándola a machetazos que, paradójicamente, resultan en sentido y  armonía. Vamos con ello.

El primer par podría llamarse “Dos felinos en apuros”

Primero dejo el celebérrimo poema de Rilke, La Pantera

La Pantera

Del deambular de las barras se ha cansado tanto

su mirada, que ya nada retiene.

Es como si hubiera mil barras

y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.


El suave andar de pasos flexibles y fuertes,

que gira en el más pequeño círculo,

es como una danza de fuerza entorno un centro

en el que se yergue una gran voluntad dormida.


Sólo a veces se abre mudo el velo

de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,

recorre la tensa quietud de sus miembros

y en el corazón su existencia acaba.

( NUEVOS POEMAS, París, 5 ó 6 de noviembre, 1902)
Traducción del alemán de © Sergio Ismael Cárdenas Tamez
Ansbach, 15.01.2002.

de Emily, su poema 507

Ve un pájaro -se estremece-

se estira -se arrastra-

corre sin mostrar sus patas-

sus ojos se agrandan como bolas-

sus mandíbulas se agitan-crispadas-hambrientas

sus dientes apenas pueden tolerar-

salta, pero el tordo saltó primero-

ah, minina, de la arena,

las suculentas esperanzas madurando-

casi te bañó la lengua-

cuando el arrobamiento desplegó sus dedos-

y voló con cada uno –

(Traducción  de Silvina Ocampo, Ed. Tusquets)

Dos formas de entender el cambio y la asunción de la no permanencia de nosotros mismos o “dos heraclíteos poco heraclíteos”

Primero Emily, su poema 419

Nos acostumbramos a la oscuridad-

Cuando se paga la luz-

Como cuando la Vecina sostiene la lámpara

Para presenciar la Despedida-

Hay un momento -el Paso es titubeante

por la novedad de la Noche-

Después -acostumbrados los ojos a la Oscuridad-

Afrontamos el Camino -con firmeza-


Y así es en las más densas -Oscuridades-

Esas noches de la Mente-

Cuando no hay luna que nos dé un signo-

O estrella -que salga- de ahí dentro


Los más valientes -avanzan a tientas-

Y a veces se dan contra un árbol

Directamente en la Frente-

Pero a medida que aprenden a ver-


O bien la Oscuridad se altera

O algo en la vista

Se adapta a la Noche cerrada-

Y la vida camina casi recta

Traducción de Amalia Rodriguez, Ed. Alianza

El tremendo Soneto XII del segundo libro de los Sonetos a Orfeo

Quiere la transformación. Oh, entusiásmate por la llama

dentro hay algo que se te escapa, que luce transformaciones;

aquel espíritu que proyecta, que tiene la maestría de lo terrestre,

nada ama tanto en la curva de la figura como el punto de inflexión.


Lo que se encierra en la permanencia ya es lo petrificado;

¿Vanamente se cree seguro al abrigo del gris anodino?

Espera, algo muy duro avisa a lo duro de lejos.

Ay… ¡se alza ausente martillo, prepara su golpe!


Al que como una fuente se derrama lo reconoce el reconocimiento;

y lo lleva encantado por la alegre, serena creación,

que a menudo concluye con el principio y comienza con el fin.

Todo espacio feliz es hijo o nieto de la separación

que ellos cruzan atónitos. Y Dafne, transformada,

quiere, desde que se siente laurel, que cambies en viento.

Traducción de Eustaquio Barjau, Ed. Cátedra

Y para terminar nada mejor que morirse: un fragmento de la Elegía IV de las Elegias de Duino de Rilke

[…]

¿Quién mostrará un niño tal como él está? ¿Quién lo subirá

a las estrellas y le dará en la mano la medida

de la distancia? ¿Quién amasará la muerte

de un niño con ese pan oscuro que se endurece, o la dejará

dentro, en la boca redonda, como el corazón

de una hermosa manzana?.. Fácil es adivinar

a los asesinos. Pero esto: albergar la muerte,

toda la muerte, así, tan dulcemente,

todavía en el umbral de la vida, sin una queja, eso es indescriptible.

Tradución de Jaime Ferreiro, Ed. Austral

y otra mirada sobre el valor de la muerte de Emily,  la última por hoy y la mía también.

1013

Morir por ti sería insuficiente,

el Griego más vulgar podría hacerlo.

Vivir, Amado, cuesta más

incluso esto te ofrezco-

La vida es poca cosa, algo pasado,

pero vivir lleva consigo

morir múltiples veces -sin

el Respiro de estar muerto.

Traducción de Rubén Martín, Bartleby Editores

PD: pueden verse todos los poemas de Emily en inglés en la estupenda página de American Poems. Si a alguien quiere enfangarse con cierto orden, hay otras páginas que los tienen seleccionados no por su número de clasificación sino por su temática.

PPD: el que crea que sabe alemán o tenga curiosidad puede consultar a Rilke en rilke.de pinchando en Gedichte

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Un pensamiento en “Dentro, fuera

  1. ¿Por qué? Es mi pregunta favorita y es como una maldición. Porque nunca hay una respuesta y generalmente, si la hay, siempre lleva un signo de interrogación al final.

    Tu texto me ha hecho refelexionar sobre las cosquillas que provoca el sol, el polen, las flores, la gente que puedes ver a través de la ventana, las ruedas de la bicicleta dando vueltas. Todo y todos dirigiéndose a alguna parte. Es el sol, es la primavera, o el verano. Cuando el verano existe en contraposición a inviernos oscuros y fríos, quedarse un domingo en casa causa grima y te estropea el bienestar que podría haber al abrir la ventana y tirarse al sofá.

    ¿Por qué no podemos quedarnos quietos? Es como una maldición, un dilema existencial. Esas ganas de comerse al mundo en un lado de la balanza, más una psicológica necesidad de echar raíces. ¿Existe un punto medio? ¿O hay que elegir entre Rilke y Dickinson?

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