Subida y bajada del Mont Ventoux

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El Mont Ventoux, en la Provenza francesa, hoy es conocido  por ser uno de los puertos míticos del Tour de Francia, otra cima absurda que acumula recuerdos, imágenes, leyenda, marketing y desmesura todo un poco mezclado. Recomiendo leer su historia en un blog por desgracia algo dejado en el que se narra con esa prosa especial que le corresponde al ciclismo.  En las rampas de este puerto murió Tom Simpson, la única muerte por colapso físico televisada en el Tour de Francia, si no me confundo, el 13 de julio de 1967. Iba puesto de anfetas, hacía un calor horrible, tomó coñac por error de su gregario al iniciar la subida y un poco por la deshidratación y un mucho por el absurdo que en general siento que habita el conducirse de los ciclistas profesionales cayó, en dos tiempos.

Pero hoy quería recordar realmente a Petrarca y su subida al Monte Ventoso (leer completo aquí) Es considerada la primera o una de las primeras narraciones con ínfulas literarias en las que se describe la grandeza de subir a algún sitio, de hacerse con una cima, y por esto se lo considera un poco obrita fundacional del montañismo literario.

Qué empeño de subir a los sitios,qué ganas de sufrir en balde.

Es una carta a su padre. Él sube con su hermano y a duras penas le sigue, está flojo, desentrenado, melifluo.

Apenas habíamos dejado aquella colina, y he aquí que habiendo olvidado el tortuoso recorrido anterior, me precipité de nuevo sendero abajo, vagando otra vez por el valle en busca de caminos largos y fáciles, aunque acabé dando con un camino largo y difícil. Posponía, claro está, el esfuerzo de la ascensión, pero la naturaleza no se doblega al ingenio humano, ni es posible que alguien corpóreo alcance las alturas descendiendo ¿Para qué decir más? No sin risas de mi hermano y enojo mío, eso me sucedió tres veces más en el transcurso de unas pocas horas. Engañado así varias veces, me senté en uno de los valles. Allí, pasando en un vuelo mental de las cosas corpóreas a las incorpóreas, me decía a mí mismo éstas o similares palabras: “Has de saber que lo que has experimentado hoy en varias ocasiones en el ascenso de este monte es lo que te sucede a ti y a muchos cuando os acercáis a la vida beata; pero no es tan fácil que los hombres se perciban de ello, pues los movimientos del cuerpo son visibles, mas los del espíritu permanecen invisibles y ocultos”

Toda la carta del poeta es confusa a nuestros ojos, yo no sé qué tiene en la cabeza, hace tanto y estaba tan excitado… Como es obvio invoca a lo alto y entresaca enseñanzas de autoayuda teológica, como esto que he pegado, pero entre la bruma del tiempo se asoman otras cosas. Se le ve contento porque el aire le ha despejado las penas que arrastra desde tanto -diez años lejos de su tierra- y porque ahora, se dice, será mejor que era. Esto también es cosa de las montañas, la consolación de pichiglás, el compromiso de aquí lo siento aquí lo escupo.

Cuando hace tiempo guardé esta anécdota como borrador, para subirla, me decía que sería una buena historia conjugar la heróica cutrona de la muerte de Simpson con el gracejo cuatrocentista de Petrarca pero ahora, puesto en faena, sólo se me ocurre que las subidas por escrito pierden mucho, que lo estropeamos todo un poco al ponerlo en palabras y que lo más valioso de la entrada es sin duda el perfil del puerto, precioso, y que leer a Petrarca y ver a Simpson morir por nada ni de coña estimulan lo que un perfil altimétrico, que es la estampa de todos los que han de subir, el pórtico medido del dolor y del gusto de llegar, y que las palabras de luego o la mítica deportiva apenas rozan la grandeza del Mistral que soplará por allí la mañana que, librado de alguna lorza, me pasé por esos cuestarrones a reventar y rendir mis pleitesías.

Estos y otros pensamientos parecidos daban vueltas en mi pecho, padre. De mis progresos me alegraba y de mis imperfecciones me lamentaba, así como de la común inestabilidad de las acciones humanas. Parecía haber olvidado de algún modo en qué lugar me encontraba y por qué razón había acudido allí, hasta que, dejadas a un lado mis cuitas, que eran más apropiadas para otro lugar, miré en torno mío y vi aquello que había venido a ver; cuando se me advirtió, y fue como si se me sacara de un sueño, que se acercaba la hora de partir, pues el sol se estaba poniendo ya y la sombra de la montaña se alargaba, me volví para mirar hacia occidente.

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