La leyenda del Santo Bebedor

De donde las cosas nacen, hacia eso perecen según la necesidad; pues dan justicia y pago unas a otras de la injusticia, según el orden del tiempo.

Anaximandro de Mileto

La primavera llega a París y al mendigo le ocurren milagros. Alguien le da dinero y él, que es un hombre de honor, decide devolvérselo a una Santa por la que el bienhechor siente devoción. Tropieza con un espejo, con mujeres, con billetes. Recupera a un amigo de la infancia, tiene una misión que cumplir.

Este relato de Joseph Roth tiene para mí una importancia personal; me lo recomendó hace mucho un amigo, personalmente, y la tarde que pasé leyéndolo en el césped de la facultad sigue en mi memoria. Pero me he dado cuenta de que este blog empieza a contener demasiadas referencias a mi vida y a las de otros. No me hace sentir cómodo pero es difícil de evitar, siempre vamos chocando con nosotros mismos lo mismo que Andreas, el protagonista del libro, que de pronto empieza a encontrarse con billetes que sabe que no son suyos, que son un préstamo por devolver. Es importante devolver las cosas, dar pago.

"Este soy realmente yo: sucio, borracho, pero lúcido"

El relato por lo demás es muy amable y  alegórico. Está trufado de pequeños cinismos y maldades compuestas desde el cariño y una comprensión total del Hombre que Roth, a punto de morir entonces, no sólo tenía, sino que, y esto me parece más interesante, sabía expresar no en sentencias milesias sino en número de rondas de absenta.

Todo el libro son escenitas desprovistas de artificio o de reflexividad incongruente. Simplemente nos pasamos tres semanas con Andreas, de trago en trago sabiendo siempre de cuánto dinero disponemos,  qué cantidad debemos, pero lo mismo que el Santo Bebedor no tenemos ni idea del valor de esos papeles ni entendemos muy bien para qué los quiere la Santa, sin embargo ahí vivimos su aventura todos nosotros, bebedores y demás hombres de honor que han olvidado los espejos.

PD: descárguese aquí

Sirenas

No hay otra voz como la de Tim Buckley. El sonido de este vídeo es atroz, pero no he encontrado otro con la versión original de “Starsailor”, un disco extraño, pagano, desasosegante y premonitorio. Su voz, digo, tiene de terrenal las infinitas capas minerales, y esta canción en concreto tiene  de simple –no hay nada más fácil de acompañar con la guitarra y más difícil de cantar con dignidad-  tanto como de inabarcable, porque pertenece a todo lo ausente que se nos ocurra. Esta canción a la sirena es algo irremplazable, contradictorio, huele a muerto, sabe a la sal que arrasó Cartago pero suena al bramido de las olas de esa tarde en esa playa que nunca abandonamos porque contiene un placer, un rato, que el tiempo lo ha matado pero la piel sigue allí enarenada.

Traigo esta canción porque suena a uno de mis relatos favoritos, de Lampedusa, quien también me arrastrara fuera de mí mismo con su Gatopardo. Se trata de El profesor y la sirena

No encuentro ninguna versión electrónica que pueda regalar aquí. Es una pena y hay que comprar el libro o ser amigo mío presencial y pedírmelo con cariño. Es un relato descompensado, quizá poco revisado. Buena parte de él, al principio, no interesa,  no conmueve, pero luego cambian el punto de vista narrativo y el escenario y lo primero es como una preparación de lo que se va a vivir, algo así como el preludio autojustificativo de La Muerte en Venecia de Mann, con la que ahora que lo pienso esta historia guarda una relación contradictoria y necesaria.

El cuento de Lampedusa no es más que la historia de un joven que conoce a una sirena, como Tim Buckley, y no sabe resistirla. Al contrario que Odiseo, el listo de las narices, se entrega a ella y, como se verá, la entrega total y temporal se paga, la paga el profesor, con vivir sus años en una lengua muerta y  en un mundo sin alicientes. El final no lo cuento por decoro pero merece la pena.

No sé exactamente por qué he traído hoy estas dos historias de sirenas. Me aburría solemnemente en una reunión de trabajo, me he empeñado en escapar de un powerpoint y he acabado en el agua, hundido no, con estas dos monstruosidades que me vienen y van por la memoria hace mucho y no hay monstruo que no merezca nuestra atención, que de ella se alimentan. Sirenas.

Tú eres hermoso y joven. Deberías venirte conmigo al mar y te librarías de todos los dolores y de la vejez; vendrias a mi mansión, bajo los altísimos montes de aguas inmóviles y oscuras, donde todo es silenciosa quietud, tan connatural que aquel que la posee ni siquiera la advierte. Yo te he amado, y recuérdalo: cuando estés cansado, cuando ya no puedas más, no tienes más que asomarte al mar y llamarme: yo estaré allí siempre, porque estoy en todas partes y tu sed de sueño quedará saciada

Mujeres

La mujer imposible,
La mujer de dos metros de estatura,

La señora de mármol de Carrara
Que no fuma ni bebe,
La mujer que no quiere desnudarse
Por temor a quedar embarazada,
La vestal intocable
Que no quiere ser madre de familia,
La mujer que respira por la boca,
La mujer que camina
Virgen hacia la cámara nupcial
Pero que reacciona como hombre,
La que se desnudó por simpatía
Porque le encanta la música clásica
La pelirroja que se fue de bruces,
La que sólo se entrega por amor
La doncella que mira con un ojo,
La que sólo se deja poseer
En el diván, al borde del abismo,
La que odia los órganos sexuales,
La que se une sólo con su perro,
La mujer que se hace la dormida
(El marido la alumbra con un fósforo)
La mujer que se entrega porque sí
Porque la soledad, porque el olvido…
La que llegó doncella a la vejez,
La profesora miope,
La secretaria de gafas oscuras,
La señorita pálida de lentes
(Ella no quiere nada con el falo)
Todas estas walkirias
Todas estas matronas respetables
Con sus labios mayores y menores
Terminarán sacándome de quicio.

Nicanor Parra


Ya llega el sol

Qué feo está hablar del tiempo pero qué guapo está hablar del sol después del largo y frío invierno. No quiero enrollarme, sólo dejar tres canciones que comparten el tema de la llegada de la primavera. Están unidas por un fondo común de renovación y vitalidad, como es lógico, pero cada una de ellas desde una perspectiva distinta que cada cual podrá hacer suya.

No digo más. Es curioso que esta entrada es la que más y durante más tiempo  he mascullado en mi interior pero ahora que estoy aquí, tranquilo, no deseo más que compartir tres canciones hermosas. Va para ustedes.

La primera es la conocidísima Here comes the sun, de los Beatles

Es una canción que está en la cabeza de todos, pero después de tantos años tengo que decir que prefiero la versión de Nina Simone. Tiene un aire más cálido, es como si el sol llegara a una conversación de dos y no así, a Gran Bretaña en general.

Bueno, voy con las otras dos, más personales en mi caso pero que puestas aquí ya no son mías y me alegro de ello.

La primera es de Silvio Rodríguez, y se llama Esta primavera. Prefiero no poner vídeo, porque se escucha mejor con los ojos cerrados.

http://www.goear.com/listen/c6814a0/esta-primavera-silvio-rodriguez

(Pinche aquí si el reproductor no funciona)

La otra es de Robert Schumann, Concretamente el Nº 27 del Op 79. Su nombre es Schneeglöckchen. Canta Ann Murray. Os dejo la letra. La traducción es libérrima, lo siento. Hasta otra.

(Pinche aquí si el reproductor no funciona)

Der Schnee, der gestern noch in Flöckchen
Vom Himmel fiel,
Hängt nun geronnen heut als Glöckchen
Am zarten Stiel.
Schneeglöckchen läutet, was bedeutet’s
Im stillen Hain?
O komm geschwind! Im Haine läutet’s
Den Frühling ein.
O kommt, ihr Blätter, Blüt’ und Blume,
Die ihr noch träumt,
All zu des Frühlings Heiligtume!
Kommt ungesäumt!
La nieve, que ayer mismo en copos
cayó del cielo
cuelga hoy helada como las campanillas
de sus tiernos tallos.
Las campanillas de nieve suenan,
¿Qué significa su sonido
en el campo solitario?
¡Venid rápido!, en el bosque suena
la llegada de la primavra
Venid hojas, tallos, flores
abandonad el sueño
y venid al santuario de la primavera
¡Venid de inmediato!

Aventuras, historias, náuseas, besos, grabados,negras.

La visita a mi miga Puri va a resultar provechosa en lo que a estas páginillas respecta. Además de acercarme a Froberger me ha traído La Náusea, de Sartre. En su exposición tiene una serie de grabados que hizo en tiempos sobre esta novela y ya veré con cuál me quedo. Contándome de ellos le indiqué que yo he empezado tres o cuatro veces el libro, pero que nunca pude rematarlo porque me amargaba demasiado. A veces pasa eso, que sentimos que un libro nos gusta o nos mira y decidimos dejarlo porque es mejor escapar de sus garras a tiempo. Yo al menos soy de esos, dejo muchos más libros de los que termino y las excusas son variadas, la que comento una de las fuertes aunque no de las más habituales.

Sin embargo esta vez me dije que, antes de volver a su exposición con unos amigos este fin de semana o el que viene, iba a hacer por leerlo. Primero como una especie de pago que siento que el arte de Puri merece, segundo porque necesito una especie de prueba, tengo que saltar esta valla, leerme por fin un libro largo que me implique por permera vez en muchos meses. Esta tarde me la he reservado para ello. Llevo algunas horas con ese medio hombre despegado de las gentes, atontado por las calles, mareado en los cafés, y no sin ciertas arcadas emocionales he dado con un trozo que tengo que dejar aquí.

No he tenido aventuras. Me sucedieron historias, acontecimientos, incidentes, todo lo que se quiera. Pero no aventuras. No es cuestión de palabras; comienzo a comprender. Hay algo que, sin darme cuenta, me interesaba más que nada. No era el amor, Dios mío, no, ni la gloria, ni la riqueza… Era… En fin, me imaginé que en ciertos momentos mi vida podía adquirir una cualidad rara y preciosa. No se necesitaban circunstancias extraordinarias; yo pedía exactamente un poco de rigor. Mi vida actual nada tiene de muy brillante; pero de vez en cuando, por ejemplo al escuchar música en los cafés, yo miraba hacia atrás y me decía; en otros tiempos, en Londres, en Meknes, en Tokio conocí momentos admirables, tuve aventuras. Esto es lo que me quitan. Acabo de saber de pronto, sin razón aparente, que me he mentido durante diez años. Las aventuras están en los libros. Y naturalmente, todo lo que se cuenta en los libros puede suceder de veras, pero no de la misma manera. Era esa manera de suceder lo que me interesaba tanto.

Ante todo, los comienzos deberían haber sido verdaderos comienzos. ¡Ay! Ahora veo tan bien lo que quise. Verdaderos comienzos, que aparecieran como sones de trompeta, como las primeras notas de una música de jazz, bruscamente, cortando de golpe el hastío, consolidando la duración; esas noches excepcionales en que uno dice: “Pasearía si fuera una noche de mayo”. Salimos, acaba de aparecer la luna, estamos ociosos, vacantes, un poco vacíos. Y de golpe, pensamos: “Algo ha sucedido”. Cualquier cosa: un ligero crujido en la sombra, una silueta ligera que cruza la calle. Pero ese acontecimiento fútil no se asemeja a los otros; en seguida vemos que precede una gran forma cuyo dibujo se pierde en la bruma, y entonces nos decimos: “Algo comienza”.

Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte. Hacia esta muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferró a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable, y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación. El último minuto que paso —en Berlín, en Londres —en brazos de una mujer conocida la antevíspera —minuto que amo apasionadamente, mujer que estoy a punto de amar—, terminará, lo sé. En seguida partiré a otro país. Nunca recuperaré esta mujer, ni esta noche. Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mí, nada, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, ni la falsa claridad del alba; y sin embargo, el minuto transcurre y no lo retengo; me gusta que pase.

Y entonces de pronto algo se rompe. La aventura ha terminado, el tiempo recobra su blandura cotidiana. Me vuelvo; detrás de mí, la hermosa forma melódica se hunde entera en el pasado. Disminuye; al declinar se contrae, ahora el fin y el comienzo son una sola cosa. Al seguir con los ojos ese punto de oro, pienso que —aunque hubiese estado a punto de morir, de perder una fortuna, un amigo— aceptaría revivirlo todo, en las mismas circunstancias, de cabo a rabo. Pero una aventura no se empieza de nuevo, ni se prolonga.

Sí, eso es lo que yo quería, ay, eso es lo que todavía quiero. Siento tanta dicha cuando una negra canta; qué cimas alcanzaría si mi propia vida constituyera la materia de la melodía.

La Idea, la innominable, sigue ahí. Aguarda apaciblemente. Ahora parece decir:

“¿Sí? ¿Eso es lo que querías? Bueno, es eso, precisamente, lo que nunca has tenido (recuerda: te engañabas con palabras; llamabas aventuras al oropel de viajes, amores de prostitutas, riñas, baratijas), y lo que nunca tendrás, ni tú ni nadie”.

¿Pero por qué? ¿POR QUÉ?

SÁBADO, MEDIODÍA

El Autodidacto no me ha visto entrar en la sala de lectura. Estaba sentado a la punta de la mesa del fondo; tenía un libro delante, pero no leía. Miraba sonriendo a su vecino de la derecha, un colegial grasiento que frecuenta la biblioteca. El otro se dejó contemplar un momento, y bruscamente le sacó la lengua haciendo una mueca horrible. El Autodidacto enrojeció, metió precipitadamente la nariz en el libro y se absorbió en la lectura.

He vuelto a mis reflexiones de ayer. Estaba agostado; me daba lo mismo que no hubiera aventuras. Mi única curiosidad era saber si no podía haberlas.

He pensado lo siguiente: para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede; y trata de vivir su vida como si la contara.

Pero hay que escoger: o vivir o contar. Por ejemplo, cuando estuve en Hamburgo con aquella Erna de quien yo desconfiaba y que me temía, llevé una vida extraña. Pero estaba metido, y no lo pensaba. Y una noche, en un pequeño café de San Pauli, Erna me dejó para ir al lavabo. Me quedé solo; un fonógrafo tocaba Blue Sky. Empecé a contarme lo que había pasado desde mi desembarco. Me dije: “La tercera noche, al entrar en un dancing llamado la Gruta Azul, vi a una mujer alta, medio borracha. Y a esa mujer estoy esperando, y vendrá a sentarse a mi derecha, y rodeará mi cuello con sus brazos”. Entonces sentí con violencia que tenía una aventura. Pero Erna volvió, se sentó a mi lado, rodeó mi cuello con sus brazos y la detesté sin saber bien por qué. Ahora comprendo: había que empezar a vivir de nuevo, y la impresión de aventura acababa de desvanecerse.

Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, ¿o es todo? Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. De vez en cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y además, todo se parece: Shangai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. Por momentos —rara vez— se hace el balance, uno advierte que está pegado a una mujer, que se ha metido en una historia sucia. Dura lo que un relámpago. Después de esto, empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo, junio. 1924, 1925, 1926.

Esto es vivir. Pero al contar la vida, todo cambia; sólo que es un cambio que nadie nota; la prueba es que se habla de historias verdaderas. Como si pudiera haber historias verdaderas; los acontecimientos se producen en un sentido, y nosotros los contamos en sentido inverso. En apariencia se empieza por el comienzo: “Era una hermosa noche de otoño de 1922. Yo trabajaba con un notario en Marommes”. Y en realidad se ha empezado por el fin. El fin está allí, invisible y presente; es el que da a esas pocas palabras la pompa y el valor de un comienzo. “Estaba paseando; había salido del pueblo sin darme cuenta; pensaba en mis dificultades económicas”. Esta frase, tomada simplemente por lo que es, quiere decir que el tipo estaba absorbido, taciturno, a mil leguas de una aventura, precisamente con esa clase de humor en que uno deja pasar los acontecimientos sin verlos. Pero ahí está el fin que lo transforma todo. Para nosotros el tipo es ya el héroe de la historia. Su taciturnidad, sus dificultades económicas son más preciosas que las nuestras: están doradas por la luz de las pasiones futuras. Y el relato prosigue al revés: los instantes han cesado de apilarse a la buena de Dios unos sobre otros, el fin de la historia los atrae, los atrapa, y a su vez cada uno de ellos atrae al instante que lo precede. “Era de noche, la calle estaba desierta”. La frase cae negligentemente, parece superfina; pero no nos dejamos engañar y la ponemos a un lado; es un dato cuyo valor comprenderemos después. Y sentimos que el héroe ha vivido todos los detalles de esa noche como anunciaciones, como promesas, y que sólo vivía las promesas, ciego y sordo a todo lo que no anunciara la aventura. Olvidamos que el porvenir todavía no estaba allí; el individuo paseaba en una noche sin presagios, que le ofrecía en desorden sus riquezas monótonas; él no escogía. He querido que los momentos de mi vida se sucedieran y ordenaran como los de una vida recordada. Tanto valdría querer agarrar al tiempo por la cola.

No tengo nada que añadir, excepto que estoy ahí menos por lo de las prostitutas, que me puede la decencia. Son pensamientos que en introspectivo he tenido muchas veces, así o medio así, y que, como al que habla, en la novela ni me han retorcido de dolor ni me han rellenado los huecos del alma, pero son esas y otas muchas ideas por el estilo las que me han hecho el que soy, son los retazos de mi mantel y sobre ellos como, vagueo y trabajo.

Siempre leo en la cama. Me he quedado frito un par de páginas después y he dado una cabezada de 20 minutos, otro fenómeno nuevo en mi vida, y he soñado con algo de muerte y fealdad, pero ya no lo recuerdo y lo agradezco. Me he venido al salón y he puesto maquinalmente un cd, el que estaba en el equipo de música, y ha empezado a sonar algo de Nina Simone. En la acera de enfrente de mi ventana -vivo en un bajo casi a ras desuelo- una pareja ha escuchado la música tierna y romántica que les habrá sonado a anuncios de colonia y han empezado a besarse con ternura. Yo me he apartado con disimulo y decoro y me he sentado a escribir. He caído en que mientras iba a pegar estos párrafos de Sartre he creado una pequeña aventura para la pareja, han vivido el comienzo de algo inesperado, una canción que invita a besos, han tenido un momento de partida donde yo no tengo más que un cd por poner en marcha. Yo busco y ellos han encontrado.

Me he sentido bien y la náusea se me ha pasado. Me pregunto ahora si la ficción es lo que cuenta Sartre, esos comienzos que buscamos, esas historias que no son tales, esos brazos de alemana que cuando se encarnan ya no sirven, o si la ficción es el mismo Sartre o yo cuando voy por ahí pensando a solas, porque escucho reírse a la pareja, su tarde es mejor que era. Quizá no se prolongue más allá de lo que  cante la “negra” ,pero en todo caso permanecerá más que estas náuseas, que duran sólo el espacio que yo ocupo, tan poco.

Pierdetiempos

Sin que o con que  sirva de precedente voy a contar mi fin de semana. El sábado tenía en mi pueblo, al sur, una boda incómoda que me tenía traumado desde hace semanas por motivos variados. No daré detalles, pero la sorteeé como pude y por la noche pillé el coche de vuelta a casa, y venía rumiando mis descalabros, celebrando mis aciertos, escuchando la radio.

Luego por la mañana, el domingo, desperté desasosegado, cansino, melancólico, y llovía otra vez, otra vez, otra vez. Visto el panorama se me ocurrió ir a Bejar, donde mi recientemente amiga Puri expone sus cuadros. Como creo que ella es “Web 0,5” no hay forma de encontrar en google ni sus cuadros ni sus vidas. Ya le pediré algo y editaré la entrada.

El caso es que yo no soy de pintura. Se me ha ofrecido a enseñarme, dice que lo voy intuyendo y yo lo agradezco todo, porque es un encanto y si hay que aprender a sentir pues se aprende. A lo que voy es a que como no tengo nada que decir de técnicas ni de influencias, y como la Estética me incomoda pues le iba diciendo obviedades. Una era típica a sus oídos pero necesaria a mis entendederas. Ella me decía que la pintura le da todo, que se siente vertida en ella y que la habita y que cuando pinta se pertenecen ella y el cacho de tela o el laboreo del grabado. Yo no supe más que preguntarle por el tiempo, que cómo puede dejar pasar el tiempo en lo meticuloso, en la raya y el rastro de los ácidos, que cómo se siente ella construyendo en una especie de espera. Que esto no es una foto, que lo pillas y lo retocas, que esto no es un poema, que lo perpetras y haces por perderlo como es mi caso.

Puri me decía que el tiempo no cuenta cuando crea, que vive por encima de él y que se respetan ella y las horas. Me contaba que precisamente dominar el impulso le había costado, que era un paso necesario, que ahora su impulso dura lo que  tardan sus obras en presenciarse. Ella no lo dijo con estas palabras, pero lo resumo en que se había adueñado del tiempo, en que una de las claves de su satisfacción -y la mía, y la del que vaya a Béjar a contemplarla- era no deberse ya al instante y ser tardanza, existir sin impaciencia.

Yo no soy así. Vivo siempre en una impaciencia constante que no me deja disfrutar de lo que siento. Aunque soy de natural parado y vagante sólo suelo abstraerme si encuentro un trance en el que perderme. Trances hay pocos disponibles: antes tenía la lectura,el sexo, la música, la dejadez, la lluvia. Ahora sólo me queda la musica, la bici, la charla (con Puri por ejempo o con mi amigo Neo (Ave Caesar!) o con otros que dejaremos al margen porque no saben de estas líneas.

Pero los trances son involuntarios. Uno llega ahí y permanece en las horas como las viejas en el ambulatorio, que le receten lo suyo.

Sin embargo este fin de semana he tenido con Puri, además del trance conversacional, la clave del clave, porque cuando volvía de casa el sábado, de la boda, escuchaba la radio y por no oír fútbol me encontrá con un clave lamentoso, templado, una música extraña que me decía  que no era Bach ni Scarlatti ni Rameau ni lo típico sino algún Otro.

Luego vi que era este señor del retrato. Se llama Johan Jakob Froberger y, como decían mi madre y la tuya, en su casa le conocerán.

Apenas he podido saber más de él que lo que véis en la Wikipedia, pero me tiré como un perro herido a por esa Suite XX que decía él mismo  que era una  Meditación hecha acerca de mi muerte futura, la cual se toca lentamente y con discreción.

Pues sí, la alemanda del principio parece una meditación, y parece un acerca y parece de mi muerte (“futura”, ojo al dato) y se toca lentamente y con discreción.

He estado hoy toda la tarde escuchando y pensando en esta alemanda, en que Froberger habitaba hasta hoy en mi  inopia particular  y que sin embargo tuvo también lo que mi amiga Puri: el orgullo de haberse adueñado del tiempo, no del tiempo largo de los siglos, que parecen esquivarle, sino del tiempo éste, el de ahora, el que andamos perdiendo yo que escribo, tú que lees, y tuvo los santos cojones de exigir que fuera derramado asímismo en su música, en su meditación, en su muerte.

Si podéis escuchar el vídeo estaréis conmigo en que es una música que no se puede describir, pero sí pintar. Tengo que hacérsela llegar  mi amiga Puri. Este cuadro se lo compro fijo.

Blanco o negro

¿De qué color es esta foto? Yo creo que tiende al azul.

Se trata de Lena Horne, mujer bellísima de piel clara pero negra. De alguna forma representa el quiero-pero-no-puedo de todo excepto de la hermosura, que la posee al completo. Nació hace mucho, pero aún sigue viva si los actualizadores de la Wikipedia no me fallan. Es una cantante más. Se movió por los círculos artísticos y le falto quizá talento, quizá un color de piel definido, para ser intemporal.

Su estilo es demasiado correcto, no canta como nadie, sino como otras aunque lo haga de lujo, pero entre tanta medianía dejó al menos la que para mí es la mejor versión de Stormy Weather. Ella Fitzgerald la cantaba como todo, como Dios, pero de encargo y Billie Holiday, una vez más, la hacía demasiado suya, como  si no hubiera más mundo que sus penas. Las penas de Billie están bien, pero las tormentas nos caen a todos en lo alto y quizá hacía falta una voz ni blanca ni negra, ni perfecta ni desgarrada, ni tuya ni mía, para sellar esta canción que, como digo, tanto nos representa a tantos, en lo blanco y en lo negro.

Por eso me quedo con la versión de Lena, y recomiendo su audición, lo cual no quiere decir que me quede con los días de tormenta, o sí,o no, no sé.

Dios qué hermosa es

PS: Ha muerto; sirva como homenaje su misma versión de la canción más melancólica