“La ventana”, de Carlos Sorín.

abril 8, 2010

¿De qué tiene que estar uno pendiente durante 80 años?

¿Cuantos cuentos de Chejov caben en la La invención de Morel?

¿Qué libertad merece una abeja perdida, que se da contra la ventana?

¿Cuál es el final de la honra del afinador de pianos?

¿Dos soldados entre las cuerdas?

¿Cómo un teléfono móvil disuelve por sí sólo toda la belleza de alguien?

¿Fluctúa tanto como me temo el valor de la luz de la ventana?

¿Qué intimidad desgarramos pensando durante los largos planos, la nuestra o la suya?

¿Quién ha tenido, al fin, su beso?


Dentro, fuera

abril 4, 2010

Hoy hace un día primaveral, hermoso, perfecto. En estos días uno siente que delinque si se queda en casa y no sale por ahí a que le trinen los pajaritos. A veces pasa eso, que te sientes deudor del exterior y no te puedes quedar en casa a rumiar rutinas de domingo. He cogido pues la bici para salir al encuentro de lo de fuera y lo de dentro, que es para lo que me sirve la bici, y en el pedaleo, entre tantas cosas que no caben aquí, se me ha ocurrido unir a dos poetas en una entrada (¿Por qué no salida?)

El nexo que tienen, o que no tienen, pero se me ha pasado por la cabeza, es que la vida de los dos se caracteriza por el desprecio absoluto de un tipo de espacio. En el caso de  Rilke su enfermedad es la no-permanencia, el viajar constante. Nació en Praga pero de eso nadie se acuerda, y decir que era alemán o francés -por las dos lenguas que parieron sus poemas- es como decir que la mar es de sus barcos. Acuciado por alguna inoperancia vital, económica, sentimental o simplemente por curiosear o acompañar, el  caso es que no para de moverse. Leer su tabula vitae que aparece en la antología de Austral es escalofriante. Vive de palacio en castillo, de hotel en apartamento, en cientos (no es un decir) de estancias como invitado o turista por toda Europa central, Rusia (dos largos viajes), España, donde se enamora de Ronda, Italia… Apenas llega a ser habitante de París durante un tiempo y casi le cuesta la salud psíquica, aunque tuvo el detalle de desquitarse de esa estancia incómoda en los Los apuntes de Malte Laurids Brigge, dejándonos entre otras cosas las reflexiones más profundas de un alma posible andando calles inhóspitas.

Y al hilo de sus andanzas he recordado el caso opuesto, el de Emiliy Dickinson, con la que ando últimamente pasando castas horas previas al sueño. Hasta hace unas semanas de ella me sonaba sólo el nombre y ahora le recorro los pensamientos, le dejo mis dineros comprando antologías. Me entretengo comparando traducciones, doblando páginas escogidas, esas cosas. Pero por lo que se me ha venido hoy a la cabeza es porque su forma de despreciar el espacio es otra a la de Rilke, exactamente la contraria. Emily se pasó toda su vida en su pueblo, no salió de allí, incluso los últimos años de su vida los pasó recluida en su cuarto, su “encierro blanco”, decía ella, pues iba siempre vestida de ese color y al final de sus días apenas recibía a su hermana y no salía ni para comer. Hay quien dice que el encierro de Emily es producto de desengaños amorosos y angustias existenciales sublimadas malamente. Otros dicen que tampoco se podía esperar una actitud muy distinta de un espíritu increíblemente brillante que, perdida en el caserón señorial de una familia puritana de Nueva Inglaterra y que, insatisfecha con su vida de solterona y de ritos absurdos, no tiene nada mejor que hacer que pensar  en su jardín y sus palabras. Además apenas intentó que sus poemas -incomprensibles entonces, inefables hoy- se vieran publicados. A su muerte aparecieron encuadernados y sin mayor organización y fue su hermana la que se encargó de traerlos.

Bueno, pues con estos dos insatisfechos del espacio iba yo pedaleando cuando me he preguntado si tendría algún sentido rebuscar en sus poemas alguna señal o alguna nota escondida que les retratase como lo que yo me empeño en pensar; que ellos, como yo y como casi todo el mundo, dependen del aire que les circunda, que esa especie de compromiso con la atmósfera del que hablaba yo al principio les afectaba como a mí, que claudico y salgo de casa o me refugio en el brasero a expensas, tantas veces, de lo que no soy yo en el fondo. La respuesta es, obviamente, que sí, que en sus poemas están los lugares visitados, las plantas del jardín de siempre, los rincones del cuarto de ella, las luces de cada latitud en él. Sin embargo cuando me he puesto a rebuscar algún poema para copiarlo aquí me he dado cuenta de que realmente lo que  tienen por debajo, la fuerza que les envidio, la de decir lo que aún no estaba desvelado, la de ser por encima de sí mismos, es en el fondo lo mismo en ambos.

He escogido varios poemas de uno y otra para ponerlos en paralelo. No son comparables entre sí más que por  su tema: animales, cambio y muerte. Sus formas son muy distintas; Rilke, aunque variable en el estilo, parece que destila la existencia agonizando en la selección de los conceptos, Dickinson sin embargo da la sensación de encontrar siempre la paz en mitad de una tormenta de pensamientos de la que sólo se puede hacer cargo narrándola a machetazos que, paradójicamente, resultan en sentido y  armonía. Vamos con ello.

El primer par podría llamarse “Dos felinos en apuros”

Primero dejo el celebérrimo poema de Rilke, La Pantera

La Pantera

Del deambular de las barras se ha cansado tanto

su mirada, que ya nada retiene.

Es como si hubiera mil barras

y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.


El suave andar de pasos flexibles y fuertes,

que gira en el más pequeño círculo,

es como una danza de fuerza entorno un centro

en el que se yergue una gran voluntad dormida.


Sólo a veces se abre mudo el velo

de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,

recorre la tensa quietud de sus miembros

y en el corazón su existencia acaba.

( NUEVOS POEMAS, París, 5 ó 6 de noviembre, 1902)
Traducción del alemán de © Sergio Ismael Cárdenas Tamez
Ansbach, 15.01.2002.

de Emily, su poema 507

Ve un pájaro -se estremece-

se estira -se arrastra-

corre sin mostrar sus patas-

sus ojos se agrandan como bolas-

sus mandíbulas se agitan-crispadas-hambrientas

sus dientes apenas pueden tolerar-

salta, pero el tordo saltó primero-

ah, minina, de la arena,

las suculentas esperanzas madurando-

casi te bañó la lengua-

cuando el arrobamiento desplegó sus dedos-

y voló con cada uno –

(Traducción  de Silvina Ocampo, Ed. Tusquets)

Dos formas de entender el cambio y la asunción de la no permanencia de nosotros mismos o “dos heraclíteos poco heraclíteos”

Primero Emily, su poema 419

Nos acostumbramos a la oscuridad-

Cuando se paga la luz-

Como cuando la Vecina sostiene la lámpara

Para presenciar la Despedida-

Hay un momento -el Paso es titubeante

por la novedad de la Noche-

Después -acostumbrados los ojos a la Oscuridad-

Afrontamos el Camino -con firmeza-


Y así es en las más densas -Oscuridades-

Esas noches de la Mente-

Cuando no hay luna que nos dé un signo-

O estrella -que salga- de ahí dentro


Los más valientes -avanzan a tientas-

Y a veces se dan contra un árbol

Directamente en la Frente-

Pero a medida que aprenden a ver-


O bien la Oscuridad se altera

O algo en la vista

Se adapta a la Noche cerrada-

Y la vida camina casi recta

Traducción de Amalia Rodriguez, Ed. Alianza

El tremendo Soneto XII del segundo libro de los Sonetos a Orfeo

Quiere la transformación. Oh, entusiásmate por la llama

dentro hay algo que se te escapa, que luce transformaciones;

aquel espíritu que proyecta, que tiene la maestría de lo terrestre,

nada ama tanto en la curva de la figura como el punto de inflexión.


Lo que se encierra en la permanencia ya es lo petrificado;

¿Vanamente se cree seguro al abrigo del gris anodino?

Espera, algo muy duro avisa a lo duro de lejos.

Ay… ¡se alza ausente martillo, prepara su golpe!


Al que como una fuente se derrama lo reconoce el reconocimiento;

y lo lleva encantado por la alegre, serena creación,

que a menudo concluye con el principio y comienza con el fin.

Todo espacio feliz es hijo o nieto de la separación

que ellos cruzan atónitos. Y Dafne, transformada,

quiere, desde que se siente laurel, que cambies en viento.

Traducción de Eustaquio Barjau, Ed. Cátedra

Y para terminar nada mejor que morirse: un fragmento de la Elegía IV de las Elegias de Duino de Rilke

[...]

¿Quién mostrará un niño tal como él está? ¿Quién lo subirá

a las estrellas y le dará en la mano la medida

de la distancia? ¿Quién amasará la muerte

de un niño con ese pan oscuro que se endurece, o la dejará

dentro, en la boca redonda, como el corazón

de una hermosa manzana?.. Fácil es adivinar

a los asesinos. Pero esto: albergar la muerte,

toda la muerte, así, tan dulcemente,

todavía en el umbral de la vida, sin una queja, eso es indescriptible.

Tradución de Jaime Ferreiro, Ed. Austral

y otra mirada sobre el valor de la muerte de Emily,  la última por hoy y la mía también.

1013

Morir por ti sería insuficiente,

el Griego más vulgar podría hacerlo.

Vivir, Amado, cuesta más

incluso esto te ofrezco-

La vida es poca cosa, algo pasado,

pero vivir lleva consigo

morir múltiples veces -sin

el Respiro de estar muerto.

Traducción de Rubén Martín, Bartleby Editores

PD: pueden verse todos los poemas de Emily en inglés en la estupenda página de American Poems. Si a alguien quiere enfangarse con cierto orden, hay otras páginas que los tienen seleccionados no por su número de clasificación sino por su temática.

PPD: el que crea que sabe alemán o tenga curiosidad puede consultar a Rilke en rilke.de pinchando en Gedichte


La leyenda del Santo Bebedor

marzo 20, 2010

De donde las cosas nacen, hacia eso perecen según la necesidad; pues dan justicia y pago unas a otras de la injusticia, según el orden del tiempo.

Anaximandro de Mileto

La primavera llega a París y al mendigo le ocurren milagros. Alguien le da dinero y él, que es un hombre de honor, decide devolvérselo a una Santa por la que el bienhechor siente devoción. Tropieza con un espejo, con mujeres, con billetes. Recupera a un amigo de la infancia, tiene una misión que cumplir.

Este relato de Joseph Roth tiene para mí una importancia personal; me lo recomendó hace mucho un amigo, personalmente, y la tarde que pasé leyéndolo en el césped de la facultad sigue en mi memoria. Pero me he dado cuenta de que este blog empieza a contener demasiadas referencias a mi vida y a las de otros. No me hace sentir cómodo pero es difícil de evitar, siempre vamos chocando con nosotros mismos lo mismo que Andreas, el protagonista del libro, que de pronto empieza a encontrarse con billetes que sabe que no son suyos, que son un préstamo por devolver. Es importante devolver las cosas, dar pago.

"Este soy realmente yo: sucio, borracho, pero lúcido"

El relato por lo demás es muy amable y  alegórico. Está trufado de pequeños cinismos y maldades compuestas desde el cariño y una comprensión total del Hombre que Roth, a punto de morir entonces, no sólo tenía, sino que, y esto me parece más interesante, sabía expresar no en sentencias milesias sino en número de rondas de absenta.

Todo el libro son escenitas desprovistas de artificio o de reflexividad incongruente. Simplemente nos pasamos tres semanas con Andreas, de trago en trago sabiendo siempre de cuánto dinero disponemos,  qué cantidad debemos, pero lo mismo que el Santo Bebedor no tenemos ni idea del valor de esos papeles ni entendemos muy bien para qué los quiere la Santa, sin embargo ahí vivimos su aventura todos nosotros, bebedores y demás hombres de honor que han olvidado los espejos.

PD: descárguese aquí


Sirenas

marzo 17, 2010

No hay otra voz como la de Tim Buckley. El sonido de este vídeo es atroz, pero no he encontrado otro con la versión original de “Starsailor”, un disco extraño, pagano, desasosegante y premonitorio. Su voz, digo, tiene de terrenal las infinitas capas minerales, y esta canción en concreto tiene  de simple -no hay nada más fácil de acompañar con la guitarra y más difícil de cantar con dignidad-  tanto como de inabarcable, porque pertenece a todo lo ausente que se nos ocurra. Esta canción a la sirena es algo irremplazable, contradictorio, huele a muerto, sabe a la sal que arrasó Cartago pero suena al bramido de las olas de esa tarde en esa playa que nunca abandonamos porque contiene un placer, un rato, que el tiempo lo ha matado pero la piel sigue allí enarenada.

Traigo esta canción porque suena a uno de mis relatos favoritos, de Lampedusa, quien también me arrastrara fuera de mí mismo con su Gatopardo. Se trata de El profesor y la sirena

No encuentro ninguna versión electrónica que pueda regalar aquí. Es una pena y hay que comprar el libro o ser amigo mío presencial y pedírmelo con cariño. Es un relato descompensado, quizá poco revisado. Buena parte de él, al principio, no interesa,  no conmueve, pero luego cambian el punto de vista narrativo y el escenario y lo primero es como una preparación de lo que se va a vivir, algo así como el preludio autojustificativo de La Muerte en Venecia de Mann, con la que ahora que lo pienso esta historia guarda una relación contradictoria y necesaria.

El cuento de Lampedusa no es más que la historia de un joven que conoce a una sirena, como Tim Buckley, y no sabe resistirla. Al contrario que Odiseo, el listo de las narices, se entrega a ella y, como se verá, la entrega total y temporal se paga, la paga el profesor, con vivir sus años en una lengua muerta y  en un mundo sin alicientes. El final no lo cuento por decoro pero merece la pena.

No sé exactamente por qué he traído hoy estas dos historias de sirenas. Me aburría solemnemente en una reunión de trabajo, me he empeñado en escapar de un powerpoint y he acabado en el agua, hundido no, con estas dos monstruosidades que me vienen y van por la memoria hace mucho y no hay monstruo que no merezca nuestra atención, que de ella se alimentan. Sirenas.

Tú eres hermoso y joven. Deberías venirte conmigo al mar y te librarías de todos los dolores y de la vejez; vendrias a mi mansión, bajo los altísimos montes de aguas inmóviles y oscuras, donde todo es silenciosa quietud, tan connatural que aquel que la posee ni siquiera la advierte. Yo te he amado, y recuérdalo: cuando estés cansado, cuando ya no puedas más, no tienes más que asomarte al mar y llamarme: yo estaré allí siempre, porque estoy en todas partes y tu sed de sueño quedará saciada


Mujeres

marzo 15, 2010

La mujer imposible,
La mujer de dos metros de estatura,

La señora de mármol de Carrara
Que no fuma ni bebe,
La mujer que no quiere desnudarse
Por temor a quedar embarazada,
La vestal intocable
Que no quiere ser madre de familia,
La mujer que respira por la boca,
La mujer que camina
Virgen hacia la cámara nupcial
Pero que reacciona como hombre,
La que se desnudó por simpatía
Porque le encanta la música clásica
La pelirroja que se fue de bruces,
La que sólo se entrega por amor
La doncella que mira con un ojo,
La que sólo se deja poseer
En el diván, al borde del abismo,
La que odia los órganos sexuales,
La que se une sólo con su perro,
La mujer que se hace la dormida
(El marido la alumbra con un fósforo)
La mujer que se entrega porque sí
Porque la soledad, porque el olvido…
La que llegó doncella a la vejez,
La profesora miope,
La secretaria de gafas oscuras,
La señorita pálida de lentes
(Ella no quiere nada con el falo)
Todas estas walkirias
Todas estas matronas respetables
Con sus labios mayores y menores
Terminarán sacándome de quicio.

Nicanor Parra



Ya llega el sol

marzo 14, 2010

Qué feo está hablar del tiempo pero qué guapo está hablar del sol después del largo y frío invierno. No quiero enrollarme, sólo dejar tres canciones que comparten el tema de la llegada de la primavera. Están unidas por un fondo común de renovación y vitalidad, como es lógico, pero cada una de ellas desde una perspectiva distinta que cada cual podrá hacer suya.

No digo más. Es curioso que esta entrada es la que más y durante más tiempo  he mascullado en mi interior pero ahora que estoy aquí, tranquilo, no deseo más que compartir tres canciones hermosas. Va para ustedes.

La primera es la conocidísima Here comes the sun, de los Beatles

Es una canción que está en la cabeza de todos, pero después de tantos años tengo que decir que prefiero la versión de Nina Simone. Tiene un aire más cálido, es como si el sol llegara a una conversación de dos y no así, a Gran Bretaña en general.

Bueno, voy con las otras dos, más personales en mi caso pero que puestas aquí ya no son mías y me alegro de ello.

La primera es de Silvio Rodríguez, y se llama Esta primavera. Prefiero no poner vídeo, porque se escucha mejor con los ojos cerrados.

(Pinche aquí si el reproductor no funciona)

La otra es de Robert Schumann, Concretamente el Nº 27 del Op 79. Su nombre es Schneeglöckchen. Canta Ann Murray. Os dejo la letra. La traducción es libérrima, lo siento. Hasta otra.

(Pinche aquí si el reproductor no funciona)

Der Schnee, der gestern noch in Flöckchen
Vom Himmel fiel,
Hängt nun geronnen heut als Glöckchen
Am zarten Stiel.
Schneeglöckchen läutet, was bedeutet’s
Im stillen Hain?
O komm geschwind! Im Haine läutet’s
Den Frühling ein.
O kommt, ihr Blätter, Blüt’ und Blume,
Die ihr noch träumt,
All zu des Frühlings Heiligtume!
Kommt ungesäumt!
La nieve, que ayer mismo en copos
cayó del cielo
cuelga hoy helada como las campanillas
de sus tiernos tallos.
Las campanillas de nieve suenan,
¿Qué significa su sonido
en el campo solitario?
¡Venid rápido!, en el bosque suena
la llegada de la primavra
Venid hojas, tallos, flores
abandonad el sueño
y venid al santuario de la primavera
¡Venid de inmediato!

Aventuras, historias, náuseas, besos, grabados,negras.

marzo 11, 2010

La visita a mi miga Puri va a resultar provechosa en lo que a estas páginillas respecta. Además de acercarme a Froberger me ha traído La Náusea, de Sartre. En su exposición tiene una serie de grabados que hizo en tiempos sobre esta novela y ya veré con cuál me quedo. Contándome de ellos le indiqué que yo he empezado tres o cuatro veces el libro, pero que nunca pude rematarlo porque me amargaba demasiado. A veces pasa eso, que sentimos que un libro nos gusta o nos mira y decidimos dejarlo porque es mejor escapar de sus garras a tiempo. Yo al menos soy de esos, dejo muchos más libros de los que termino y las excusas son variadas, la que comento una de las fuertes aunque no de las más habituales.

Sin embargo esta vez me dije que, antes de volver a su exposición con unos amigos este fin de semana o el que viene, iba a hacer por leerlo. Primero como una especie de pago que siento que el arte de Puri merece, segundo porque necesito una especie de prueba, tengo que saltar esta valla, leerme por fin un libro largo que me implique por permera vez en muchos meses. Esta tarde me la he reservado para ello. Llevo algunas horas con ese medio hombre despegado de las gentes, atontado por las calles, mareado en los cafés, y no sin ciertas arcadas emocionales he dado con un trozo que tengo que dejar aquí.

No he tenido aventuras. Me sucedieron historias, acontecimientos, incidentes, todo lo que se quiera. Pero no aventuras. No es cuestión de palabras; comienzo a comprender. Hay algo que, sin darme cuenta, me interesaba más que nada. No era el amor, Dios mío, no, ni la gloria, ni la riqueza… Era… En fin, me imaginé que en ciertos momentos mi vida podía adquirir una cualidad rara y preciosa. No se necesitaban circunstancias extraordinarias; yo pedía exactamente un poco de rigor. Mi vida actual nada tiene de muy brillante; pero de vez en cuando, por ejemplo al escuchar música en los cafés, yo miraba hacia atrás y me decía; en otros tiempos, en Londres, en Meknes, en Tokio conocí momentos admirables, tuve aventuras. Esto es lo que me quitan. Acabo de saber de pronto, sin razón aparente, que me he mentido durante diez años. Las aventuras están en los libros. Y naturalmente, todo lo que se cuenta en los libros puede suceder de veras, pero no de la misma manera. Era esa manera de suceder lo que me interesaba tanto.

Ante todo, los comienzos deberían haber sido verdaderos comienzos. ¡Ay! Ahora veo tan bien lo que quise. Verdaderos comienzos, que aparecieran como sones de trompeta, como las primeras notas de una música de jazz, bruscamente, cortando de golpe el hastío, consolidando la duración; esas noches excepcionales en que uno dice: “Pasearía si fuera una noche de mayo”. Salimos, acaba de aparecer la luna, estamos ociosos, vacantes, un poco vacíos. Y de golpe, pensamos: “Algo ha sucedido”. Cualquier cosa: un ligero crujido en la sombra, una silueta ligera que cruza la calle. Pero ese acontecimiento fútil no se asemeja a los otros; en seguida vemos que precede una gran forma cuyo dibujo se pierde en la bruma, y entonces nos decimos: “Algo comienza”.

Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte. Hacia esta muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferró a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable, y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación. El último minuto que paso —en Berlín, en Londres —en brazos de una mujer conocida la antevíspera —minuto que amo apasionadamente, mujer que estoy a punto de amar—, terminará, lo sé. En seguida partiré a otro país. Nunca recuperaré esta mujer, ni esta noche. Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mí, nada, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, ni la falsa claridad del alba; y sin embargo, el minuto transcurre y no lo retengo; me gusta que pase.

Y entonces de pronto algo se rompe. La aventura ha terminado, el tiempo recobra su blandura cotidiana. Me vuelvo; detrás de mí, la hermosa forma melódica se hunde entera en el pasado. Disminuye; al declinar se contrae, ahora el fin y el comienzo son una sola cosa. Al seguir con los ojos ese punto de oro, pienso que —aunque hubiese estado a punto de morir, de perder una fortuna, un amigo— aceptaría revivirlo todo, en las mismas circunstancias, de cabo a rabo. Pero una aventura no se empieza de nuevo, ni se prolonga.

Sí, eso es lo que yo quería, ay, eso es lo que todavía quiero. Siento tanta dicha cuando una negra canta; qué cimas alcanzaría si mi propia vida constituyera la materia de la melodía.

La Idea, la innominable, sigue ahí. Aguarda apaciblemente. Ahora parece decir:

“¿Sí? ¿Eso es lo que querías? Bueno, es eso, precisamente, lo que nunca has tenido (recuerda: te engañabas con palabras; llamabas aventuras al oropel de viajes, amores de prostitutas, riñas, baratijas), y lo que nunca tendrás, ni tú ni nadie”.

¿Pero por qué? ¿POR QUÉ?

SÁBADO, MEDIODÍA

El Autodidacto no me ha visto entrar en la sala de lectura. Estaba sentado a la punta de la mesa del fondo; tenía un libro delante, pero no leía. Miraba sonriendo a su vecino de la derecha, un colegial grasiento que frecuenta la biblioteca. El otro se dejó contemplar un momento, y bruscamente le sacó la lengua haciendo una mueca horrible. El Autodidacto enrojeció, metió precipitadamente la nariz en el libro y se absorbió en la lectura.

He vuelto a mis reflexiones de ayer. Estaba agostado; me daba lo mismo que no hubiera aventuras. Mi única curiosidad era saber si no podía haberlas.

He pensado lo siguiente: para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo. Esto es lo que engaña a la gente; el hombre es siempre un narrador de historias; vive rodeado de sus historias y de las ajenas, ve a través de ellas todo lo que le sucede; y trata de vivir su vida como si la contara.

Pero hay que escoger: o vivir o contar. Por ejemplo, cuando estuve en Hamburgo con aquella Erna de quien yo desconfiaba y que me temía, llevé una vida extraña. Pero estaba metido, y no lo pensaba. Y una noche, en un pequeño café de San Pauli, Erna me dejó para ir al lavabo. Me quedé solo; un fonógrafo tocaba Blue Sky. Empecé a contarme lo que había pasado desde mi desembarco. Me dije: “La tercera noche, al entrar en un dancing llamado la Gruta Azul, vi a una mujer alta, medio borracha. Y a esa mujer estoy esperando, y vendrá a sentarse a mi derecha, y rodeará mi cuello con sus brazos”. Entonces sentí con violencia que tenía una aventura. Pero Erna volvió, se sentó a mi lado, rodeó mi cuello con sus brazos y la detesté sin saber bien por qué. Ahora comprendo: había que empezar a vivir de nuevo, y la impresión de aventura acababa de desvanecerse.

Cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, ¿o es todo? Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable y monótona. De vez en cuando, se saca un resultado parcial; uno dice: hace tres años que viajo, tres años que estoy en Bouville. Tampoco hay fin: nunca nos abandonamos de una vez a una mujer, a un amigo, a una ciudad. Y además, todo se parece: Shangai, Moscú, Argel, al cabo de quince días son iguales. Por momentos —rara vez— se hace el balance, uno advierte que está pegado a una mujer, que se ha metido en una historia sucia. Dura lo que un relámpago. Después de esto, empieza de nuevo el desfile, prosigue la suma de horas y días. Lunes, martes, miércoles. Abril, mayo, junio. 1924, 1925, 1926.

Esto es vivir. Pero al contar la vida, todo cambia; sólo que es un cambio que nadie nota; la prueba es que se habla de historias verdaderas. Como si pudiera haber historias verdaderas; los acontecimientos se producen en un sentido, y nosotros los contamos en sentido inverso. En apariencia se empieza por el comienzo: “Era una hermosa noche de otoño de 1922. Yo trabajaba con un notario en Marommes”. Y en realidad se ha empezado por el fin. El fin está allí, invisible y presente; es el que da a esas pocas palabras la pompa y el valor de un comienzo. “Estaba paseando; había salido del pueblo sin darme cuenta; pensaba en mis dificultades económicas”. Esta frase, tomada simplemente por lo que es, quiere decir que el tipo estaba absorbido, taciturno, a mil leguas de una aventura, precisamente con esa clase de humor en que uno deja pasar los acontecimientos sin verlos. Pero ahí está el fin que lo transforma todo. Para nosotros el tipo es ya el héroe de la historia. Su taciturnidad, sus dificultades económicas son más preciosas que las nuestras: están doradas por la luz de las pasiones futuras. Y el relato prosigue al revés: los instantes han cesado de apilarse a la buena de Dios unos sobre otros, el fin de la historia los atrae, los atrapa, y a su vez cada uno de ellos atrae al instante que lo precede. “Era de noche, la calle estaba desierta”. La frase cae negligentemente, parece superfina; pero no nos dejamos engañar y la ponemos a un lado; es un dato cuyo valor comprenderemos después. Y sentimos que el héroe ha vivido todos los detalles de esa noche como anunciaciones, como promesas, y que sólo vivía las promesas, ciego y sordo a todo lo que no anunciara la aventura. Olvidamos que el porvenir todavía no estaba allí; el individuo paseaba en una noche sin presagios, que le ofrecía en desorden sus riquezas monótonas; él no escogía. He querido que los momentos de mi vida se sucedieran y ordenaran como los de una vida recordada. Tanto valdría querer agarrar al tiempo por la cola.

No tengo nada que añadir, excepto que estoy ahí menos por lo de las prostitutas, que me puede la decencia. Son pensamientos que en introspectivo he tenido muchas veces, así o medio así, y que, como al que habla, en la novela ni me han retorcido de dolor ni me han rellenado los huecos del alma, pero son esas y otas muchas ideas por el estilo las que me han hecho el que soy, son los retazos de mi mantel y sobre ellos como, vagueo y trabajo.

Siempre leo en la cama. Me he quedado frito un par de páginas después y he dado una cabezada de 20 minutos, otro fenómeno nuevo en mi vida, y he soñado con algo de muerte y fealdad, pero ya no lo recuerdo y lo agradezco. Me he venido al salón y he puesto maquinalmente un cd, el que estaba en el equipo de música, y ha empezado a sonar algo de Nina Simone. En la acera de enfrente de mi ventana -vivo en un bajo casi a ras desuelo- una pareja ha escuchado la música tierna y romántica que les habrá sonado a anuncios de colonia y han empezado a besarse con ternura. Yo me he apartado con disimulo y decoro y me he sentado a escribir. He caído en que mientras iba a pegar estos párrafos de Sartre he creado una pequeña aventura para la pareja, han vivido el comienzo de algo inesperado, una canción que invita a besos, han tenido un momento de partida donde yo no tengo más que un cd por poner en marcha. Yo busco y ellos han encontrado.

Me he sentido bien y la náusea se me ha pasado. Me pregunto ahora si la ficción es lo que cuenta Sartre, esos comienzos que buscamos, esas historias que no son tales, esos brazos de alemana que cuando se encarnan ya no sirven, o si la ficción es el mismo Sartre o yo cuando voy por ahí pensando a solas, porque escucho reírse a la pareja, su tarde es mejor que era. Quizá no se prolongue más allá de lo que  cante la “negra” ,pero en todo caso permanecerá más que estas náuseas, que duran sólo el espacio que yo ocupo, tan poco.


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